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jueves, 3 de mayo de 2012

SOMOS EL FIN Y NO SÓLO LOS MEDIOS



SOMOS EL FIN Y NO SÓLO LOS MEDIOS

Por Joan Carel Yebra.


2012, año de tensiones, confusiones, mentiras y verdades. 2012, año de elecciones; un año teatral.

El próximo  1 de Julio del año en curso, seremos testigos y generadores de un cambio presidencial de suma relevancia para el Estado mexicano. Sobre el escenario están ya los actores. Conocemos a los aspirantes oficiales al poder ejecutivo de los partidos políticos con mayor fuerza del país; sabemos algunos antecedentes de sus vidas y trayectorias, características de los papeles que representarán; pero, aunque entreabierto, el telón sigue cerrado, y es difícil vislumbrar quién tiene escrito en su libreto tocar la silla presidencial. Para nosotros, los electores, la tarea comienza.

Escribió alguna vez la poetiza mexicana Sor Juana  Inés de la Cruz “…¿Por qué, contra vos mismo, severamente inhumano, entre lo amargo y lo dulce, queréis elegir lo amargo?... Si es mío mi entendimiento, ¿Por qué siempre he de encontrarlo tan torpe para el alivio, tan agudo para el daño?...”

Es lamentable saberse rodeado, e incluso, parte de una sociedad para quien seguramente fue dedicada la reflexión que hemos citado de la “Décima Musa”; una sociedad bañada de pereza y apatía que no se esfuerza por ver más allá de palabras dulces y caras bonitas. Parece que vivimos en un Estado de juguete conformado por una población que, en su mayoría,  posee una actitud pasiva tanto para sí mismo como para la sociedad, que no se interesa ni participa y se conforma comprando envolturas vacías; gobernantes y políticos que fungen como titiriteros; y hasta un territorio mutilado del cual ya no podemos decirnos verdaderos soberanos.
Hoy jugamos a ser un Estado democrático. Somos espectadores de una riña vieja y extendida a través del tiempo por el relevo de los competidores. Es una lucha infinita con pausas, con triunfos temporales; una carrera para obtener el hueso de oro: el hueso del poder. En esta competencia, la obtención del poder pesa más que la defensa de los propios ideales. Basta recordar la elección interna de los candidatos y las campañas actuales; con tal de ser al menos parte del equipo de  los elegidos pululan las trampas y chismes, cambios radicales de bando, transformaciones totales e instantáneas de ideologías, combinaciones absurdas de planes opuestos, entre muchos otros recursos de los que se vale una mala política.

Una postura determinada no existe y los ideales son sólo un disfraz de renovación constante que cubre a una esencia vacía y extinta; un truco para infiltrarse y ganar el apoyo de un grupo. Entonces el valor de la persona se vuelve relativo adoptando un carácter  cuantitativo, convirtiéndonos en números y fichas del enorme juego de mesa de la oligarquía.
Las campañas electorales asemejan a una venta de propuestas envueltas en publicidad y mercadotecnia, en donde la moneda de compra es nuestra confianza.

Este año es decisivo para México. Sin importar el resultado  de la elección habrá  cambios trascendentales que implicarán toda una exploración, ya sea a la nueva forma del partido de antaño, a un sistema completamente opuesto al tradicional, o a la figura femenina por primera vez al mando.

Este año representa también, para millones de jóvenes mexicanos, la puerta de entrada al mundo real. Nosotros, los nuevos adultos y electores, tenemos el potencial de renovar a México de la mano a nuestro crecimiento personal.

Para que un reloj funcione correctamente marcando las horas, los días y, con ellos, los años, debe haber un segundero que marche con exactitud. En el reloj de la sociedad nosotros somos los segunderos, los ciudadanos.

La función del ciudadano es, sobre todo en una democracia, ser un juez observador incansable que vigila y dictamina, que conoce antes, durante y después de su decisión cómo debe ser el actuar de aquel a quien juzgará; un juez que se involucra y exige cuentas acorde a la confianza depositada en su elección.

La responsabilidad de la existencia de gobernantes corruptos en gran parte recae en nosotros, la ciudadanía. Descendemos al mismo nivel de ineficiencia e ineptitud al tomar decisiones sin un análisis previo de los candidatos, sus pretensiones y capacidades. Es una burla al intelecto buscar engañar y, aún más, permitir ser engañados. Retrocedemos demasiado por no detenernos un breve momento a pensar cuál es la mejor forma de actuar. La única forma efectiva de erradicar un conflicto es anticiparse a él y evitar que surja. El telón está a punto de abrirse. Comienza la función. Seamos críticos no sólo de superficies; quitemos las caretas a los personajes y analicemos el fondo.

Es tiempo de formular buenas opiniones, de externar y buscar lo que necesitamos; pidamos actos y no distractores. Tomemos el valor de ser personas y busquemos ser una generación que  haga pleno uso del rasgo característico del ser humano: la razón.

Llegó la hora de crear nuevas opciones, de forjar un plan que convenza por la solidez de sus argumentos; un proyecto estudiado, justo y posible. Generemos una acción que no caiga en los mismos errores del pasado ni en los del presente, pues sólo así podremos ver y vivir la justicia  poniendo un alto al mundo de apariencias de la política.

Hagamos nuestra primera participación como jueces con un digno y sabio edicto,  haciendo renacer al mismo tiempo una conciencia de ideales consistentes, verdaderos y profundos.
Basta de ser espectadores y consumidores inútiles. Seamos nosotros los protagonistas de un  nuevo escenario libre de farsas, de un nuevo México. Cortemos de tajo los hilos que nos atan como títeres y elijamos el rumbo como personas; avancemos al progreso con plena conciencia,libertad y autonomía, porque, por derecho, ¡somos el fin y no sólo los medios!

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