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lunes, 16 de abril de 2012

Una visita a la Plaza de Tlatelolco


Una visita a la Plaza de Tlatelolco.

Era un sábado por la tarde, a pesar de la hora, parecía que el sol estaba bastante clemente con nosotros. Tenía unas desesperantes ganas de visitar aquel importante lugar, aquella plaza con su aura rebelde y libertaria en constante lucha contra la represión y el odio. Si, sin duda alguna, visitar la Plaza de las Tres Culturas era un punto importante en mi visita a la Ciudad de México.

Pero para mi sorpresa, lo que imaginaba sería un punto de reunión de estudiantes en pleno debate de las ideas, no era mas que una cancha improvisada de futbol, en la cual cerca de doce muchachos se disputaban el balón con tal entusiasmo que parecía que había algo mas en juego que un simple refresco. Vaya primera impresión. Confieso que me sentí un tanto defraudado. Pero no le di importancia, en seguida voltee a ver aquel monumento a un costado de la plaza misma, así que me dirigí a ella como si se tratase de una luz al final del túnel. Quedé atónito con lo allí escrito. La impotencia y mi orgullo de ser universitario me forzaron a apretar los puños. Un par de lágrimas trataron de escurrirse por mi rostro, pero no lo permití. El silencio se apoderó de mi. No podía entender lo que veía. La gente pasaba por el lugar sin darle mayor importancia a lo allí escrito. Parecía que lo habían olvidado, no había nada mas que explicara la magnitud de lo allí acontecido. Incluso el policía que rondaba por allí, bostezaba, impaciente por ver terminado su turno.

Fue en ese momento donde apareció aquel trovador de blancos cabellos, con una sonrisa en el rostro, invitaba a todo transeúnte a sentarse a escuchar sus canciones, su historia. Me dirigió una cálida mirada, mientras me invitaba a tomar asiento, justo a un costado de donde se encontraba. Enseguida prosiguió a tocar la guitarra, reconozco que arpegeaba bastante bien. Yo me senté a su lado, dispuesto a escucharlo, fue ahí donde me deleitó con aquella hermosa melodía, que a palabras suyas, fue escrita en la misma noche de aquel triste suceso, “Canción de Cuna” de Enrique Ballesté.

Después de eso, prosiguió a contarme a detalle sobre aquél fatídico día: el 2 de Octubre del 68. Me contó sobre los días anteriores a aquel mitin estudiantil, sobre los “politécnicos” y sus enfrentamientos con los granaderos, sobre el ambiente que se vivía en la ciudad, sobre la gran mentira que Luis Echeverría, en aquel entonces secretario de Gobernación, se encargó de difundir, acerca de que los estudiantes pretendían sabotear los Juegos Olímpicos, (cosa nada cierta ya que era el escaparate perfecto para hacer contacto con medios internacionales), la esperanza que se tenía en aquel tiempo entre los jóvenes, esa esperanza por hacer un mejor país, nuestro país. Mientras me narraba todo esto, podía observar en los ojos del trovador la melancolía y la añoranza mezcladas con un sentimiento de culpa e impotencia que nunca había visto en los ojos de alguien mas. Fue entonces cuando el coraje me invadió al escuchar sobre aquella sucia trampa que les pusieron a los jóvenes, ese era el único lugar donde, en apariencia, no iba a haber vigilancia policiaca, ni mucho menos el ejército, al parecer era el mejor lugar para dicha reunión. Como era de esperarse, los jóvenes mordieron el anzuelo.

Aquél trovador menciono algo aun mas importante, la responsabilidad histórica que tienen los jóvenes por buscar mejores condiciones sociales. “Solamente ustedes pueden generar ese empuje que genere un desarrollo social y económico. No se tiene que partir de cero, deben aprender y retomar el camino de esta gran generación. No podemos seguir en en este estado somnoliento en el cual se encuentran la mayoría de los jóvenes. Ustedes son el revulsivo que necesita el país. Los jóvenes nunca le han gustado a los poderosos, son incómodos por una simple razón: porque son libres. Y a los poderosos no les gustan los seres libres, nos quieren sumisos, nos quieren arrodillados. Y eso nunca ha cambiado”. Mencionó el trovador, mientras yo me quede pensativo en mi lugar, reflexionando y analizando el contenido de su mensaje.

Sin duda alguna, los comentarios de este señor me motivaron en gran medida, es por eso que quise compartir con ustedes, distinguidos lectores, esta grata experiencia. Estoy seguro que, aunque nunca lo mencionó, el estuvo presente ese día. Al marcharme de ahí, no pude evitar el contemplar nuevamente a los alrededores de la plaza. Sin duda alguna, ahora podía percibir el aura rebelde y libertario de las que les comenté al principio, me sentí obligado a transmitirles, colegas míos, esta sensación activa y reaccionaria que me transmitió aquel trovador de blancos cabellos, Roberto Tello.

Demian La Vie




A los compañeros caídos el 2 de octubre de 1968 en esta plaza:
Cuitlahuac Gallegos Bañuelos, de 19 años. Ana María Maximiana Mendoza, 19 años. Gilberto Reynoso Ortiz 21 años, Antonio Solórzano Gaona, de 47 años, Agustina Matus de Campos, 60 años, Cecilio León Torres, 27 años, Ana María Teuscher Kruger, 19 años, Jorge Ramírez Gómez, 59 años, Carlos Beltrán Maciel, 27 años, Miguel Baranda Salas, 18 años, Juan Rojas Luna ( ) Leonardo Pérez González, 29 años, José Ignacio Caballero González, 36 años, Luis Gómez Ortega, 20 años, Jaime Pintado Gil, 18años, Guillermo Rivera Torres, 15 años, Reynaldo Monzalvo Soto, 68 años, Cornelio Benigno Caballero Garduño, 15 años, Fernando Hernández Chantre, 20 años, Rosalino Martín Villanueva (?)... 
“Y muchos otros compañeros cuyos nombres y edades aún no conocemos.
¿Quién? ¿Quiénes? Nadie.
Al día siguiente nadie.
La plaza amaneció barrida. Los periódicos dieron como noticia principal el Estado del Tiempo.
Y en la televisión, en el Radio, en el cine, no hubo ningún anuncio intercalado.
Ni un minuto de silencio”


Grabado en el monumento en honor a las víctimas del 2 de octubre de 1968, Plaza de Tlatelolco.

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