Una visita a la Plaza de Tlatelolco.
Era un sábado por la tarde, a pesar de la hora, parecía que
el sol estaba bastante clemente con nosotros. Tenía unas desesperantes ganas de
visitar aquel importante lugar, aquella plaza con su aura rebelde y libertaria
en constante lucha contra la represión y el odio. Si, sin duda alguna, visitar
la Plaza de las Tres Culturas era un punto importante en mi visita a la Ciudad
de México.
Pero para mi sorpresa, lo que imaginaba sería un punto de
reunión de estudiantes en pleno debate de las ideas, no era mas que una cancha
improvisada de futbol, en la cual cerca de doce muchachos se disputaban el
balón con tal entusiasmo que parecía que había algo mas en juego que un simple
refresco. Vaya primera impresión. Confieso que me sentí un tanto defraudado.
Pero no le di importancia, en seguida voltee a ver aquel monumento a un costado
de la plaza misma, así que me dirigí a ella como si se tratase de una luz al
final del túnel. Quedé atónito con lo allí escrito. La impotencia y mi orgullo
de ser universitario me forzaron a apretar los puños. Un par de lágrimas
trataron de escurrirse por mi rostro, pero no lo permití. El silencio se
apoderó de mi. No podía entender lo que veía. La gente pasaba por el lugar sin
darle mayor importancia a lo allí escrito. Parecía que lo habían olvidado, no
había nada mas que explicara la magnitud de lo allí acontecido. Incluso el
policía que rondaba por allí, bostezaba, impaciente por ver terminado su turno.
Fue en ese momento donde apareció aquel trovador de blancos
cabellos, con una sonrisa en el rostro, invitaba a todo transeúnte a sentarse a
escuchar sus canciones, su historia. Me dirigió una cálida mirada, mientras me
invitaba a tomar asiento, justo a un costado de donde se encontraba. Enseguida
prosiguió a tocar la guitarra, reconozco que arpegeaba bastante bien. Yo me
senté a su lado, dispuesto a escucharlo, fue ahí donde me deleitó con aquella
hermosa melodía, que a palabras suyas, fue escrita en la misma noche de aquel
triste suceso, “Canción de Cuna” de Enrique Ballesté.
Después de eso, prosiguió a contarme a detalle sobre aquél
fatídico día: el 2 de Octubre del 68. Me contó sobre los días anteriores a
aquel mitin estudiantil, sobre los “politécnicos” y sus enfrentamientos con los
granaderos, sobre el ambiente que se vivía en la ciudad, sobre la gran mentira
que Luis Echeverría, en aquel entonces secretario de Gobernación, se encargó de
difundir, acerca de que los estudiantes pretendían sabotear los Juegos
Olímpicos, (cosa nada cierta ya que era el escaparate perfecto para hacer
contacto con medios internacionales), la esperanza que se tenía en aquel tiempo
entre los jóvenes, esa esperanza por hacer un mejor país, nuestro país.
Mientras me narraba todo esto, podía observar en los ojos del trovador la
melancolía y la añoranza mezcladas con un sentimiento de culpa e impotencia que
nunca había visto en los ojos de alguien mas. Fue entonces cuando el coraje me
invadió al escuchar sobre aquella sucia trampa que les pusieron a los jóvenes,
ese era el único lugar donde, en apariencia, no iba a haber vigilancia
policiaca, ni mucho menos el ejército, al parecer era el mejor lugar para dicha
reunión. Como era de esperarse, los jóvenes mordieron el anzuelo.
Aquél trovador menciono algo aun mas importante, la responsabilidad
histórica que tienen los jóvenes por buscar mejores condiciones sociales.
“Solamente ustedes pueden generar ese empuje que genere un desarrollo social y
económico. No se tiene que partir de cero, deben aprender y retomar el camino
de esta gran generación. No podemos seguir en en este estado somnoliento en el
cual se encuentran la mayoría de los jóvenes. Ustedes son el revulsivo que
necesita el país. Los jóvenes nunca le han gustado a los poderosos, son
incómodos por una simple razón: porque son libres. Y a los poderosos no les
gustan los seres libres, nos quieren sumisos, nos quieren arrodillados. Y eso
nunca ha cambiado”. Mencionó el trovador, mientras yo me quede pensativo en mi
lugar, reflexionando y analizando el contenido de su mensaje.
Sin duda alguna, los comentarios de este señor me motivaron
en gran medida, es por eso que quise compartir con ustedes, distinguidos
lectores, esta grata experiencia. Estoy seguro que, aunque nunca lo mencionó,
el estuvo presente ese día. Al marcharme de ahí, no pude evitar el contemplar
nuevamente a los alrededores de la plaza. Sin duda alguna, ahora podía percibir
el aura rebelde y libertario de las que les comenté al principio, me sentí
obligado a transmitirles, colegas míos, esta sensación activa y reaccionaria
que me transmitió aquel trovador de blancos cabellos, Roberto Tello.
Demian La Vie
A los compañeros caídos el 2 de octubre de 1968 en esta
plaza:
Cuitlahuac Gallegos Bañuelos, de 19 años. Ana María
Maximiana Mendoza, 19 años. Gilberto Reynoso Ortiz 21 años, Antonio Solórzano
Gaona, de 47 años, Agustina Matus de Campos, 60 años, Cecilio León Torres, 27
años, Ana María Teuscher Kruger, 19 años, Jorge Ramírez Gómez, 59 años, Carlos
Beltrán Maciel, 27 años, Miguel Baranda Salas, 18 años, Juan Rojas Luna ( )
Leonardo Pérez González, 29 años, José Ignacio Caballero González, 36 años,
Luis Gómez Ortega, 20 años, Jaime Pintado Gil, 18años, Guillermo Rivera Torres,
15 años, Reynaldo Monzalvo Soto, 68 años, Cornelio Benigno Caballero Garduño,
15 años, Fernando Hernández Chantre, 20 años, Rosalino Martín Villanueva (?)...
“Y muchos otros compañeros cuyos nombres y edades aún no conocemos.
¿Quién? ¿Quiénes? Nadie.
Al día siguiente nadie.
La plaza amaneció barrida. Los periódicos dieron como noticia principal el
Estado del Tiempo.
Y en la televisión, en el Radio, en el cine, no hubo ningún anuncio
intercalado.
Ni un minuto de silencio”
Grabado en el monumento en honor a las víctimas del 2 de
octubre de 1968, Plaza de Tlatelolco.